He aprendido a querer a Stephen Daldry, y no me había dado cuenta que esta película era suya. Su sello está ahí: mesurado, omnipresente y delicado. Daldry no juzga, él relata con la mayor ternura los hechos más infames en las horas. Personajes que se utilizan, se dejan, se acercan, se cuidan y se desprecian todo al mismo tiempo pero que en realidad se aman. Que cursi, pero Daldry tiene ese toque cariñoso con su trabajo, ese cuidado detallista que puede hacer que una escena tan rebuscada como cuando una Nicole Kidman disfrazada se recuesta junto a un pájaro muerto para sentir lo que él resulte enternecedora y nos haga entender lo que no ella no dice y el desazón que siente.

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